¡Qué tentación colgaros en un mástil
y destinaros a saludar auroras!
¡Qué tentación elevaros al rango
del más insigne padre de la patria,
declararos cantar de los cantares,
investiros de prócer y de santo!

¡Qué tentación alzaros a la gloria
de otro ilustre varón en los altares,
coronaros de sándalos y lauros
más allá de la luz y de las sombras
donde guarda la historia sus alardes
y no pueda emplazarte la memoria!

Pero no, coronel, te quiero al lado,
palmatoria del sueño que aún llamea
por algunas acérrimas trincheras
en el pueblo que llevas de la mano.

Pero no, coronel, que yo te amo
como campana que repique el cielo
de ese beso de abril, de cualquier beso,
de carne y hueso urdido y entregado.