Por Alejandro Almánzar –  De tanto (Morir y Nacer), he perdido la cuenta del renacer. Lo que persigo, con cada amanecer, cuantas veces al mundo debo volver. Busco entre las lápidas, algún nombre olvidado, como en procura, del finado, que en este Camposanto, un día fue sepultado.

 

Hoy, cuando el Vaticano “prohíbe” la cremación de cadáveres, la humanidad tiene miles de interrogantes sin respuestas. Del Cementerio y sus inicios no sabemos mucho, pero según Wikipedia, apareció con los primeros asentamientos humanos. 

 

Al principio, los fallecidos eran sepultados en sus predios, pero con la aparición del cristianismo, estas reglas del juego cambiaron. Nació en el patio de una Iglesia, donde algunos eran enterrados en el interior de dichos templos, en una Cripta.

 

Allí se sepultaba difuntos comunes, pero luego se destinó sólo para personalidades de la Iglesia, la milicia y políticos. La palabra cementerio viene del griego koimetérion, (dormitorio) porque según los cristianos, “los cuerpos dormían hasta la resurrección”

 

Es inaudito pensar, que el Alma reencarne en una materia muerta y descompuesta. Pero la Iglesia se fundamenta más en la Materia que en el Espíritu. Por eso responde con pura quimera, “deben ser enterrados próximo a este templo, para que el fallecido no vaya al Infierno”, total manipulación eclesial.

 

Se cree, surgieron en el siglo VI o VII de la Era cristiana. Por su cercanía con la Iglesia, se llaman también “Camposantos”. Personalmente, creo en aquello de enterrar a los difuntos en sus predios, si fuera su voluntad expresa. Pero me inclino por la Cremación, pues los Cementerios sólo son focos de contaminación.

 

Resulta menos doloroso para los familiares, ya que, al este morir, por miedo a la Iglesia, estos recurren a gastos exorbitantes para deshacerse de una materia que ya nunca volverá a ser usada por ningún espíritu que busca encarnar de nuevo. 

 

Sería, como si teniendo ropa nueva, decidiéramos ponernos la que está vieja, diluida y carcomida por el tiempo. Los Cementerios no juegan ningún rol en la Resurrección, porque aunque se inventen mil historias sobre Jesús, eso no funciona así.

 

Tampoco aportan a la espiritualidad, y sí, al sufrimiento humano. Cuando paso por esas grandes extensiones de terrenos desperdiciados en Los Estados Unidos, medito sobre lo injusto en que han convertido al mundo los creyentes.

 

Terrenos, que deberían estar en plena capacidad productiva de bienes y servicios para la humanidad, están destinados a guardar cadáveres contaminantes del Medio Ambiente. Si respetaran nuestro (Libre Albedrío) con que Dios nos hizo, ni se les ocurriría dictarnos tantas normativas estúpidas.

 

Pero, “mientras más vendados vivimos, mejor para el negocio”. Al último lugar donde quisiera ser llevado al hacer contacto con la “muerte” es al Cementerio, donde seré profanado, por vivos que se regodean del dolor de los míos. 

 

Así nos han robado, el derecho de llamarnos “hijos de Dios”, negándonos hasta el alimento espiritual. Si las personas escogieran por iniciativa propia dónde y cómo deshacerse de sus muertos, si dejaran de ser instrumentos de un Dios castigador y caprichoso, tendríamos un mundo mejor. 

 

Como los humanos, se cree que los Elefantes velan sus muertos y tienen sus cementerios, donde cada año acuden a visitarlos, y hacerles ceremonias. Dicen, que entre la pila de huesos, identifican los que fueron sus parientes o allegados.

 

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