Les voy a contar rápidamente una historia… por allá en el 2003, la policía del Salvador arrestó de manera absurda a tres músicos de rock acusándolos de pandilleros solamente por tener tatuajes ¿Les suena familiar con la actualidad? Yo trabajaba como locutor en Radio Femenina, una de las emisoras mas importantes del país. Cometí el error de dar una declaración en La Prensa Gráfica, ofreciéndome voluntariamente para dar charlas a la policía para que aprendieran a diferenciar los tatuajes artísticos de los tatuajes de las pandillas, eso me costó el asesinato de mi hermano por parte de la policía en una persecución que disfrazaron como accidente después de recibir amenazas telefónicas que decían ser de la PNC; mi hermano para ese entonces trabajaba en el bar del hoy presidente Bukele, y también me costó una persecución política por parte del Ministro del Interior de aquel entonces que se alió con un estafador y que terminó con mi salida del país, no sin antes buscar por todos los medios que la justicia y la fiscalía investigaran y me apoyara. ¿A dónde acude uno cuando la justicia de un país no sirve? Pues a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en Washington, la cuál es un adorno para servir a los políticos a quienes acogen sin reparos al mínimo pedido pero para nosotros, para los ciudadanos, las puertas no están abiertas, es sencillamente otro instrumento arrodillado a los corruptos de Latinoamérica, después de 15 años de rogar y aportarles pruebas, me contestaron que mi caso no valia la pena.

Ahora, el problema es lo que está sucediendo actualmente en El Salvador. Nayib Bukele lanzó una ofensiva para acabar las pandillas lo cuál se puede aplaudir, para aquellos que no conocen El Salvador, les cuento que las pandillas son un problema gravísimo que se fue convirtiendo cada día en algo que parecía insorteable, la última vez que visité El Salvador en 2014, ya no podía ir a la tienda, al ser músico estoy lleno de tatuajes y eso podía representar una sentencia de muerte, tan sencillo como ir a comprar un pan y no saber si podía regresar a casa o no, y no estoy exagerando, lo viví en carne propia en varios lugares en donde me tocó enfrentar no solo a los pandilleros que me preguntaban por qué estaba tatuado y que significaban los dibujos, sino que me tocaba enfrentar a la sociedad salvadoreña, a la policía y su inherente ignorancia desaforada hasta tal punto que un día me enviaron a más de 20 agentes a un restaurante porque yo parecía “sospechoso” por tener el pelo largo y los tatuajes, de ese calibre es la ignorancia del salvadoreño y sé que muchos se vana ofender al leer esto pero lamentablemente es la verdad, lo único que me salvaba del abuso de la policía era decir que era locutor de "La femenina", con eso lograba que dejaran de molestarme, varias veces les dí dinero y discos.

Hoy, dentro de esa “ofensiva contra la maras” siguen cayendo inocentes solamente por el  hecho de tener tatuajes, cientos de personas han sido liberadas después de estar en la cárcel erróneamente porque se declaró el estado de exención lo cuál les permite arrestar a cualquiera sin tener en cuenta los derechos humanos o sencillamente sus derechos como persona, El Salvador al igual que otros países siempre ha satanizado pendejadas como los tatuajes, así como en Colombia que todo lo malo que sucede se lo tiran al alcohol y cierran los bares, en El Salvador toda persona que tenga un tatuaje es marero. Sencillo como eso, es cuestión de una falta increíble de formación y educación, de un abuso sistemático del poder que no viene de ahora sino que está arraigado a la personalidad del salvadoreño, les enseñan desde niños que Jesucristo es el hijo de Dios y que los tatuajes son del diablo.

Entonces lo que preocupa es que sigan cayendo inocentes presos y sus vidas sean destruidas por culpa de la ignorancia que mató a mi hermano y me sacó a mí del país, ignorancia que hoy ratifico y que con preocupación veo desde la distancia. ¿Realmente nada ha cambiado en 20 años? Y pongo a consideración de quienes lean esta columna promover un cambio, si alguno puede ayudar a que las personas del país, tanto las que están adentro como las que viven en el exterior puedan entender que una doctrina banal y sin fundamento no es la realidad, sería de mucha ayuda, ya que no se puede acudir a nadie porque los esquemas e instituciones que deberían protegernos contra estos abusos como lo es la fiscalía del país y la CIDH están viciados y sometidos a los estados, son peones y vasallos de los dólares y los políticos. Entonces nos toca a nosotros mismos colaborar y despertar a las masas que aun viven en el medioevo, no esperen a que sea su hijo o su familiar el que les pida este cambio, porque esto suele suceder, las cosas nos interesan solamente cuando nos tocan.

Le dedico esta columna a mi hermano, para quien busqué justicia durante dos décadas pero que no la logré conseguir de manera legal, por suerte me convertí en periodista y puedo hablar.

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