Testimonio de Manuel del Cabral, el 19 de mayo de 1979
Mis relaciones con Fernández Domínguez fueron muy breves, pero muy intensas. A raíz de su llegada a Chile, el me confiaba muchas cosas y hablábamos de la situación política dominicana. Estaba decidido a venir a pelear por sus ideales, pero yo le aconsejaba que no lo hiciera porque era muy peligroso. Hablando de literatura, de mis poemas, yo le dije que recogería en uno de ellos la lucha que él estaba librando por el pueblo dominicano.
Yo pensé entonces escribir un poema al héroe en vida, pero cuando me enteré de su muerte, he considerado que quizás, y a pesar de que mi alegría era necrológica, cuando supe de su muerte consideré que no hay gran héroe a medias si no muere. Y entonces fue cuando decidí escribir para Fernández Domínguez como héroe completo.

Es así, como entonces, yo no creo que necesite ya anécdota sobre un héroe entero. Las anécdotas son para ya ha mucho tiempo, cuando ya el héroe ha llenado la historia por muchos siglos. Entonces, un poema consideré que era mejor que una anécdota y el poema es el siguiente:

Como luto que huye de un cuchillo que piensa,
descosieron la noche
y sus manos le dieron apellido a la tierra.
Lo demás son las cosas que hacen crecer difuntos.
Rafael, por ejemplo,
preparaba su muerte, la cuidaba
lo mismo que un viajero que no quiere que sepan
de los itinerarios de su sangre,
su muerte era un asunto de raíces,
le secreteaba
como si fuera la primera novia,
porque sabía que su muerte era limpia,
le cuidaba el detalle, su futuro de lámpara,
la ocultaba lo mismo que el amante cuando oculta
el sitio de sus caricias,
porque sabía que de pie se quedaba su cadáver.
Ya ves, Rafael, bajo tu kepis y tus charreteras,
iba un corazón sin ropa como el agua,
era un poco de río con pájaros profundos,
y no te hicieron caso.

Los que venden a ratos hasta el agua del párpado,
con plomos voladores escondidos
te llenaron el cuerpo de ojos a borbotones,
te lo llenaron de pequeñitas muertes cotizadas;
tu espacio de carne y hueso lo pagaron
a precio de vacuno;
esperaban los pantalones de tu silencio,
se escondían detrás de tu honradez,
tu presencia los llenaba de vergonzosas velocidades;
se agachaban detrás de tu palabra,
no podían matarte frente a frente
pero tampoco te querían vivo,
incomodaba tu prontuario limpio,
la noche que guardaban tus contrarios
y el miedo igual que una placita sola,
de pronto se alumbraban con tus balas,
agrupaban alturas tus pisadas
hasta poner al pueblo en su estatura.

Los discursos
en un metro de tierra te metieron el cuerpo,
creyeron que con eso te enterraban;
sin embargo,
los buitres no vinieron a tu limpio cadáver,
pero vino la abeja, su visita obrera
sabía que tu muerte es una esencia;
sabía que tu muerte es jabón para la historia,
sabía que tu cadáver de celeste oficio
anda profundo fumigando raíces de la tierra.