Por Alejandro Almánzar.-  Como “todo lo que nace, muere”, hoy despertamos con la muerte de Fidel. Y como ocurre siempre con los grandes hombres, despedimos a dos Fidel, el admirado, y el odiado, es parte del juego, donde imperan las ideas.

 

Fidel se va, pero lo que por siempre perdurará son sus legados, fue el político que más gravitó en la humanidad por más tiempo. Por encima de quienes lo inspiraron, Karl Marx, Engels, Lenin, y su camarada Mao Tse Tung.

 

Su tan anunciada “muerte” finalmente llegó, para beneplácito de sus adversarios y resignación de sus adeptos. De él pudiéramos decir tantas cosas, buenas y malas. Personalmente he sostenido, que llevó la Revolución más allá de lo debido, porque caído el Muro de Berlín, y el Bloque Soviético, esta perdió esencia.

 

Pudiéramos incluso, celebrar su partida juntos a “exiliados” de Miami, porque su grandeza no debe despedirse con lágrimas, si no, con la alegría de haberlo tenido como el guía que sobrepasó fronteras, rompió barreras idiomáticas y culturas para despertar la conciencia de los pueblos.

 

Prácticamente acababa de nacer, cuando Castro bajó victorioso de las montañas, con la brillantez y lucidez conque la Vida marca a los grandes de pensamiento y espíritu para enfrentar la opresión que vivía América Latina para entonces.

 

A principio de los 80s, conocí a un ciudadano cubano, que se mudó al entorno del Barrio Puerto Rico, Los Mina, donde crecí. Un día se acercó y me preguntó, por qué continuaba defendiendo las ideas de Fidel.

 

Le respondí, “porque es coherente con sus planteamientos, desde los días de La Sierra Maestra. Y ripostó, “pues fui de los que como él defendió ideas revolucionarias, porque en esa época, el joven que no las asumía era un come M…, pero ahora creo, que para continuar defendiéndolas hay que ser más come M… todavía”.

 

Lo despedí asegurándole respetar su posición, aunque no la compartía, desde entonces, le dimos seguimiento, y supimos se trataba de un agente de la CIA, para expiar y seducir a jóvenes de ideas liberales en República Dominicana.

 

Conquistó a una vecina que recién había enviudado, se casaron, y la llevó a vivir a Miami, al cabo de un tiempo regresó a “visitar” a familiares de la dama, donde murió súbditamente, y ahí comprobamos era el expía que seguía nuestros pasos 24/7.

 

Oficiales de altos rangos de Los Estados Unidos fueron a retirar su cadáver, y a investigar su deceso. Esto revela todas las logísticas que Washington empleó para detener el impacto de La Revolución Cubana en nuestros países, pues como dijera el presidente Medina, Fidel hizo de la política un sacerdocio, cual misionero, llevó el mensaje de libertad por el mundo.

 

A Fidel no debe despedirse con lágrimas, si no, con la satisfacción de haberlo tenido, y aprendido de él, que nuestra misión es servir y no ser servidos. Para eso nos enseñó a luchar por las Soberanías y libertades de los pueblos, enviando las manos solidarias de la Revolución Cubana a todos los rincones donde hacía falta.

 

Él no ha muerto, porque sus legados lo eternizan, sólo se despojó de un cuerpo ya cansado y carcomido por el tiempo, para desde una nueva vida continuar sirviendo, y por siempre vivir y descansar en paz.

 

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