El país, y la familia de Carla Massiel, están en tremenda encrucijada, pues la verdad de los hechos está tan enmarañada, que difícilmente pueda llegarse a una conclusión satisfactoria, excepto, la de que su existencia fue truncada empezando a vivir.

 

Una verdad, en poder de personas, que por dinero reniegan la condición humana. Lo revelado por un delincuente siempre será mentira, aunque estemos frente a asesinatos espantosos como el de esta niña, que no pudo convencerlos del derecho a vivir.

 

Creer cuanto dice un desalmado así, resulta una ofensa a la verdad, pero dudar su versión por completo, sería ignorar que detrás de toda mentira se esconde algo de la realidad, donde la autoridad deberá emplearse a fondo para esclarecerla.

 

Los criminales, regularmente usan coartadas para escapar de la justicia, y mentir es su mejor herramienta. Pero este delincuente, ha dado nombres, apellidos, dirección, marca de vehículo, color, y la persona que recibió a Carla al ser secuestrada.

 

Es quien conduce a las autoridades al lugar donde enterró el cadáver, y con aparente propiedad, señala al Centro Médico, donde asegura hicieron “experimentos rarísimos” con ella, aunque dijo temer por su vida, por tratarse de gente muy poderosa.

 

Su verdad puede ser una mentira a media, pero con las mismas diligencias con que lo apresaron a él, debieron proceder contra los demás involucrados, pues es un deber del Ministerio Publico desentrañar lo poco de verdad que pueda tener su revelación.

 

Deben establecer, si sólo le pagaron para enterrar ese cadáver, u otros más. El caso se complica, al señalar, que el secuestrador de Carla, fue otro delincuente, a quien la policía mató, en San Pedro, de Macorís, tratando de robarse otro niño, que estaba solo, dentro de un vehículo estacionado.

 

Como “el muerto no habla”, la mejor defensa es atribuirle al que ya no puede dar su versión, y este pudiera ser el caso. Desentrañar este horrible hecho dependerá del olfato y el interés judicial para esclarecerlo, pues si no es creíble la afirmación del imputado, en los sectores involucrados por él, muy poco se puede creer.

 

El Estado debería comenzar a establecer el destino de otros niños, que como Carla, desaparecieron sin dejar huellas, porque si finalmente se determina que Darwin está diciendo algo de verdad, sobre el negocio de órganos, por parte de clínicas privadas, este no es el primero, ni posiblemente el último.

 

Si la mentira de este sujeto tuviera algo de verdad, como suponemos lo tiene, entonces, es el Estado el que va a tener que revisar el funcionamiento de estos centros, y la donación de órganos, en una sociedad, donde la sed de enriquecimiento no tiene límite, y desalmados como Darwin abundan, buscándose dinero enterrando cadáveres fuera de la ley.

 

Ya Carla, como tantos otros, pagó la consecuencia, ahora se impone hacer justicia, y abogar porque sea la última en caer en la garra criminal de la delincuencia médica, y quienes como este, se han propuesto vivir del dolor ajeno para no trabajar.

 

Es cierto, el proceso para extraer órganos, no es sencillo, pero para el que maneja el capital, nada es imposible, y mover cientos de profesionales cómplices de sus andanzas, no es quimérico, como se lo quieren presentar al público.

 

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