(A mi prima Aleyda, la única persona a quien yo obedecía)

Los años pasan y el caminar se hace lento, pero queremos volar. Dormimos menos pero soñamos más. Perdemos las formas físicas pero la mente se activa, la creatividad se desborda y los sentimientos son más intensos, a veces indomables.

Cuando la realidad nos enfrenta tratamos de embestirla aunque sabemos que la estocada viene y duele más. Es la costumbre de echar la pelea, aunque sepamos que vamos a perderla.

¡Está todo tan oscuro! Se fue la luz. Los arboles y los cerros desaparecieron. Tengo miedo y no es sólo a la oscuridad que envuelve el entorno. Tengo miedo a este vivir.

Necesito los brazos de mi padre.

Me siento indefensa y me decido a entrar a la casa pero oigo su voz: ¡Una hija mía no le tiene miedo a la oscuridad”!

“¡Una Fernández no tiene miedo… una hija mía no… !”

Yo tenía 7 u 8 años.

Encontré una tarjeta que mi padre escribió del 8 de marzo de 1935.

(“¿Sinceridad?

Marta, toda mía

Recuerda con orgullo,

Que no podía ser de otra

Porque ya era todo tuyo.

Así pasaron los meces

Hasta que un día

Nos juramos eternamente

Yo, ser de ella y ella ser mía.

Una inspiración de tu César”)

César y Marta se casaron y nació Cosette que murió a los nueve meses de edad. Después nací yo.

Mi padre era el jefe del personal de una empresa norteamericana que cultivaba yuca a pocos kilómetros de San Francisco de Macorís, mi pueblo natal.

En ese lugar llamado La Amarga pasé mis primeros años, correteando en una inmensa galería que bordeaba una bella casa rodeada de árboles y palmas reales.

Llegó el tiempo de ir a la escuela y mis tíos Chea y Silvestre me acogieron en su hogar. Mi primo Campos Silvestre no había nacido y yo me convertí en su princesa. Era una niña temperamental, de grandes ojos negros y rizos color oro.

A los doce años comencé los estudios secundarios en el Colegio Sagrado Corazón de Jesús en Santiago, unos de los más prestigiosos centros para internado de señoritas del Cibao.

Nuestros padres nos educaron algo diferente al estilo usual de aquellos tiempos. Ellos, sencillamente, aplicaban lo que a su vez aprendieron y nos inculcaron valores y conductas copiadas de nuestros antepasados.

Nunca nos contaron a mis primas y a mí los clásicos cuentos de lobos o de hadas. Soñábamos con nuestra bisabuela paterna, María Dolores Franco de Fernández, esposa de papá Chucho e hija del general Juan Franco, fusilado por negarse a dar vivas a Báez y de quien ella había heredado una mezcla de bondad y fuste. Escondía a los perseguidos políticos, y para los asuntos a los que su pistola no ponía remedio, disponía de un altar en su casa frente al que rezar para que a sus hijos no les pasará nada; pero le pasó a tío Pacito, revolucionario, peleador, rebelde, certero francotirador que murió joven en una emboscada que le tendieron en la estación de tren de La Vega.

Los Fernández se establecieron cerca de la ciudad de Santiago y en la Línea Noroeste. Independentistas y restauradores, todos, enfrentaron las dictaduras y la invasión norteamericana de 1916. El general Luperón los tenía en alta estima y los libros recogen sus entregas y sus hazañas.

Dos ramas de una misma familia se conectaron nueva vez cuando Rafael y Alerte se casaron en 1955.

Con estas historias de heroísmo nos dormían a las Fernández, muchachas que al igual que a los varones se nos exigía ser fuertes, valientes y a no mentir. “El embustero es un cobarde, no sirve”, y, “con nuestro honor no se juega, primero muertos”, o, “una Fernández no se deja humillar de nadie”, y mucho más, es lo que oíamos todo el tiempo.

La lealtad y la gratitud eran conceptos inviolables.

Crecí oyendo que los Fernández son guapos y eso se internó en mi mente para siempre. Si la actitud ante la vida, el temperamento y la templanza se forjan por lo aprendido en la niñez, mis primas y yo nos graduamos con honores y no hemos defraudado a nuestros maestros.

Nuestras madres nos enseñaron buenos modales, lo que significa la elegancia y el buen gusto. Y todo lo que debía saber una señorita: a cocinar, a pintar, a bordar y a ser “serias” y educadas.

Mi padre, encantador, atractivo y de un inolvidable buen humor, era apasionado de los gallos de pelea y de los caballos de pura sangre.

Amoroso como ninguno, no aceptaba expresiones de miedo y de debilidad, fuera de lo normal. Pero ¿qué era lo normal para él? Me evoco con 7 años gritando desesperada cuando una gallina “sacada” (con los pollitos recién salidos del cascarón) me fue encima como una fiera. ¿Una hija suya tener miedo a una gallina? ¡Inaceptable!

Yo tenía 13 ó 14 años cuando llegué del colegio a vacacionar a mi hogar en el campo.

Teníamos caballos de paso fino y nos enseñaron a montarlos. Parruquillo, un hermoso ejemplar con una crin de espectacular belleza era “mañoso”, se encabritaba y yo temía montarlo. Para desgracia mía, mi padre se dio cuenta.

Un día lo ensilló, apretó la cincha y me montó en el caballo. Y un ¡yeah! que ahogó el grito desesperado de mi madre, ¡la niña, la niña!, retumbó entre los árboles.

Yo estaba muy asustada, pero en un instante todo cambió. Mi mente creó un medio de defensa o como se llame, no lo sé. Sentí rabia, el miedo desapareció y decidí que el caballo no me tumbaría.

Tomé las riendas y me aferré a su crin. Dominar el caballo, sentir la sensación de tener el mando, era lo único que me importaba. Recorrimos varios kilómetros y llegué a la casa ansiosa de ver la cara de papá. Pero fue Justino, el joven que cuidaba los caballos, quien me recibió. Entré a la casa “entruñada”. Poco después, papá me colmaba de besos y eufórico proclamaba: ¡Esa es una hija mía!

Hoy es igual. Si no puedo controlar situaciones incomodas y dolorosas, la rabia aparece. La mezcla de dolor y rabia no es lo mejor, pero nos hace reaccionar y ver la realidad con toda su crudeza. Y aceptarla.

Las lecciones aprendidas y el ejemplo de mi familia, han sido esenciales para ser transparente y honesta, para evitar engañar. Si hablo, si escribo, me esfuerzo por ser auténtica; rechazo las poses y la manipulación.

Me acepto atrevida y audaz pero, si debemos mostrar valentía, aquí cabe perfectamente lo que me enseñaron: ” el embustero es un cobarde, no sirve”. Es lo mismo. Además, ¿qué derecho tenemos a violentar norma tan elemental como es el respeto a los demás?

Me enseñaron a vivir con entusiasmo y a sentir un gozo desbordante por la vida. Y lo más importante, sin traumas y sin enredos sicológicos.

Pero no todo se enseña, ni todo se aprende. Hay cosas que mi padre no me enseñó y no sé cómo resolverlas. Hoy necesito su fuerza, su calor y sus brazos.

Pero él no está. No me queda más que buscarlo en mis recuerdos y ser valiente. Nada más puedo hacer.