Por: Nelson Encarnación.- Santo Domingo, RD.-  Si Mario Vargas Llosa es un hombre de vergüenza—lo cual se damos por descontado—declinaría amablemente venir a recibir el premio Pedro Henríquez Ureña que le fuera concedido por un jurado que pretende imponerle esa distinción a todo el pueblo dominicano.

Sin embargo, es poco probable que Vargas Llosa tome esa decisión, y, por el contrario, venga a recibir el galardón, aprovechando para darse un baño de figuración junto a Isabel Preysler, su nueva compañera sentimental.

Es bueno resaltar que luego de que un escritor recibe el Premio Nobel de Literatura, cualquier otro le resulta pequeño, más aun cuando se trata de un reconocimiento otorgado desde—no por—un pequeño país del Caribe que fuera agredido de manera canalla por su pluma universal hace un tiempo.

Pecan de ingenuos quienes, para defender la afrenta nacional que significa el premio a Vargas Llosa, alegan que la estatura universal del novelista peruano-español-inglés ayudaría a promover el país en el exterior, sirviendo eventualmente de proyección internacional de nuestra cultura y demás.

Más lamentable aun es el argumento de que la premiación fue a la obra literaria y no al pensamiento político de Vargas Llosa, como si el personaje pudiese desdoblarse y dejar de ser uno u otro cuando le convenga.

Para quienes llegan a semejante ingenuidad no podía ser más oportuno el informe que acaba de emitir la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos (CIDH), en el cual se corren los mismos términos utilizados por Vargas Llosa en su artículo “Los parias del Caribe”, publicado en El País poco después de la sentencia 168/13 del Tribunal Constitucional dominicano.

Es decir, que si bien la CIDH basa sus conclusiones en las averiguaciones que llevó a cabo una comisión que estuvo en la República Dominicana tras la sentencia, nadie puede dudar de que el peso literario de un columnista como el señor Vargas Llosa, sirviera de sustento, al menos moralmente, a los comisionados para la elaboración de su informe.

El Gobierno hizo bien cuando por vía de Gustavo Montalvo y Roberto Rodríguez Marchena, dos de sus voceros más autorizados, puso distancia de la concesión del premio a quien, contrario a sus alegatos de supuesto aprecio a la República Dominicana, empujó con su opinión nuestra imagen internacional un paso más hacia el precipicio.

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